Mi lugar en el mundo

1. Londres

       Mi nombre es John y nací en Londres con los festejos  del nuevo milenio. Me  crié en el barrio de Kensington junto a mi madre –Mary- y mis abuelos maternos, quienes de ascendencia sueca, contrastaban con su blanca piel la oscuridad de la mía, lo que tornaba más divertido ciertos juegos y chistes entre nosotros.  Podría decirse que tuve una infancia y una adolescencia feliz con las típicas costumbres de la  vida londinense y el esfuerzo de mi madre que, al ser soltera, procuraba que la falta de un padre presente no me afectara o al menos que yo no lo notara. Si bien tuvo sus parejas, nunca fueron estables.  Por ello, mis abuelos maternos fueron muy importantes para mí.

De pequeño adoraba las salidas que hacíamos los cuatro. Recuerdo cuando recorríamos la orilla del Támesis saliendo desde la Abadía de Westminster, observando de paso la grandeza del Big Ben, la gran rueda del London Eye y terminábamos la caminata en  el London Bridge para admirar  la puesta de sol. Era sin dudas uno de mis paseos preferidos.  Presenciar los cambios de guardia en el Buckingham Palace o los domingos recorrer el mercado de Portobello road en Notting Hill o Covent Garden, son ya recuerdos imborrables, al igual que alentar al Chelsea junto a  mis amigos escolares, aunque sinceramente el rugby me atraía mucho más, de hecho era el deporte que practicaba en la escuela.  Por supuesto que ya en la adolescencia las salidas nocturnas y las recorridas de pub en pub en la zona del Soho, eran también un clásico impostergable al igual que los grandes recitales que se fueron sucediendo: el de la banda U2 en el 2009, que fue el primero de todos -y junto a mi madre- en el estadio de Wembley; el de The Killers en el 2013, también en Wembley; o los que dieron The Rolling Stones, Coldplay, Madonna y Queen (mi banda favorita) en el estadio londinense o2 Arena.

Pero esa felicidad de alguna manera, sobre todo al terminar el colegio secundario, fue neutralizada por angustia y tristeza. A pesar de todo lo bueno, siempre me sentí un extraño y no podía encontrar la respuesta a ello, lo que  me llevó a preguntarme quién era yo y esa pregunta luego derivó en otra: ¿quién es mi padre?

 Sentía que de alguna manera los cimientos de mi vida no estaban firmes, y por ello, cuando cumplí 18 años, en una noche de invierno, enfrenté a mi madre y sin rodeos le exigí saber la verdad. Necesitaba saber quién era mi padre ya que un padre debería tener. Ella, sólo me dio la razón, y fue en búsqueda de un pequeño cuaderno, el que me entregó al tiempo que su rostro se llenaba de lágrimas.

Me encerré en mi habitación y luego de dos horas de lectura al fin supe todo. Ese cuaderno era una especie de diario íntimo o diario de viaje de mi madre y allí relataba todo lo que había sucedido ese mes de marzo de 1999, cuando ella a los 19 años había ido de vacaciones con sus padres a Nueva Zelanda.

A medida que avanzaba en su lectura e iba descubriendo la verdad, sentía cómo corría la adrenalina en mi cuerpo cargada de una mezcla de suspenso y euforia. Ella, había conocido en la playa a un joven maorí de nombre Amaru del cual se enamoró y quien la acompaño  prácticamente durante toda su estadía. Fue un típico amor de primavera, de primavera londinense claro está, ya que en Nueva Zelanda era el comienzo del otoño.

Cuando mi madre retornó a Londres continuaron escribiéndose y enviándose típicas cartas de amor como muchos adolescentes de esa época en la que el Whatsapp no existía y los mails no eran de uso cotidiano. A los tres meses, ella tuvo la tan temida novedad: estaba embarazada. A pesar de su juventud y de todos los cambios que significarían en su vida, ella y sus padres decidieron que continuara con el embarazo pero le prohibieron continuar la amistad con aquel joven maorí, el cual nunca se enteró de su paternidad -o al menos eso interpreté-  y nunca más recibió respuesta alguna  a su docena de cartas que enviara en aquel entonces. Todo lo que sucedió después, es historia ya conocida.

Decidí entonces que debía viajar y buscar a mi padre, cerrar ese círculo de mi historia y así sentirme completo. Lo necesitaba.  Mi madre y mis abuelos me comprendieron y estuvieron de acuerdo, a pesar de que siempre temieron que viajara dado mi extraño grupo sanguíneo:  RH nulo,  ni positivo ni negativo,  conocido en la jerga médica como “sangre dorada”.  Dado que sólo hay en el mundo alrededor de  50 personas con dicha tipología sanguínea, y que sólo se puede recibir la misma en caso de transfusión,  resulta por ello necesario guardar la propia en un  banco de sangre ante una determinada necesidad. Pese a ello, no tuve inconvenientes en que me permitieran  sacar un pasaje a Auckland, la gran metrópoli neozelandesa ubicada en la Isla Norte de aquel país y la más poblada.  Viajé con un pequeño bolso, el cuaderno de mi madre y un nombre y una dirección:

“Amaru.  103 Hinemoa St, Rotorua 3010, New Zealand”

2.  Auckland

Marzo de 2019.  Llegué a Auckland, bastante temprano luego de veinticinco horas de viaje y conexión intermedia en el Aeropuerto Internacional de Doha, Catar. Saqué pasaje por la web con destino a Rotorua para ir en bus ese mismo día a las 20.00 horas, lo cual me dejaba medio día y tarde completa para recorrer la ciudad. Era mi primer viaje fuera del Reino Unido y todo me resultaba cautivador.   

Rodeada de colinas volcánicas y recostada entre los puertos de Waitemata y Manukau, Auckland es una ciudad cosmopolita  y moderna  que vale la pena descubrir, destacándose por la gran cantidad de parques y veleros.  La Sky Tower es parte de la típica postal de la ciudad y se ve desde cualquier punto, lo cual es lógico, ya que sus 328 metros la han convertido en el edificio más alto del hemisferio sur. Se encuentra  cerca el puerto, en pleno centro de esta gran urbe, lo que le da sin duda un aspecto muy moderno. Me llamó la atención también la gran cantidad de veleros, razón por la cual la metrópolis es  conocida también como la “ciudad de las velas”,  ya que  hay más yates por persona que en cualquier otro lugar del mundo, siendo además sede y campeona de la Copa América de Yachting –la regata más importante del mundo- en varias oportunidades.

Así, extasiado con todo lo que veía, y a pesar del cansancio del viaje, decidí ir hasta la cima del Monte Edén, antiguo volcán  ya extinto de 198 metros y  desde donde se consigue una de las mejores postales de la ciudad. El pueblo maorí, pueblo originario de Nueva Zelanda,  vivió en Maungawhau, el monte Eden,  hasta alrededor del 1700. Claramente como jugador de rugby tenía perfectamente claro quiénes eran los maoríes y estar en la cuna de los All Blacks me producía mayor fascinación. Sentí realmente que allí se respira rugby los trescientos sesenta y cinco días del año: conversaciones en las calles, publicidades y locales comerciales dedicados al mejor equipo del mundo era una indicación clara de ello. 

Aprovechando esas horas hasta la partida del bus, pude también visitar el icónico Auckland Museum donde conocí de cerca la  historia y cultura maorí en uno de los edificios seguramente más espectaculares y tradicionales del país. Me interné también en sus calles céntricas, caminé por Queen St., la avenida principal y me llamó la atención lo prolija y limpias que eran sus aceras. Pero no es lo único que me llamó la atención.  A diferencia de Londres, donde sólo ocurre en la intersección de Oxford Street y Regent Street, pude observar que en varias esquinas céntricas los semáforos de ambas intersecciones se ponían en rojo simultáneamente permitiendo el cruce peatonal desde todos sus ángulos,  inclusive en diagonal, mientras que adolescentes vestidos con sus uniformes escolares realizaban alegres coreografías delante de los automovilistas y luego continuaban su camino riendo y molestándose entre ellos.

Una cultura y población muy interesante, la cual  si bien es esencialmente europea,  cerca del quince por ciento  es maorí y su influencia se advierte en el actual resurgimiento de la llamada  maoritanga, es decir, su cultura. La clásica figura del kiwi, esa pequeña ave en peligro de extinción y ave nacional  adoptada por todos como símbolo de Nueva Zelanda, se encuentra reflejada en toda la ciudad, lo cual le da un aspecto simpático y hasta  divertido. Incluso los mismos neozelandeses se hacen llamar kiwis y es además el nombre de la clásica fruta que también obviamente es  cosechada en estas tierras. ¡Demasiado para un día! Así, por un momento casi me olvidé  cual era el objetivo de mi viaje,  permitiéndome  vivir una agradable y turística tarde.

Comenzaba de esta manera un viaje de introspección y  de conexión con mi interior a fin de  descubrir las respuestas a las dudas que me acechaban desde que leí el cuaderno de mi madre. No se trataba sólo de conocer a mi padre sino de averiguar cómo ello repercutiría en mí, y tratar claramente de que sea de manera positiva,  más allá de la incertidumbre de saber cómo él me recibiría y qué espacio me daría en su vida. El vínculo de apego, el vínculo emocional entre ambos era inexistente. ¿Podríamos modificar ello y generar un vínculo genuino? Claramente esa y otras preguntas me daban vueltas desde que salí de Londres y ese viaje sería el punto de partida para la toma de conciencia de mi identidad.  Ese pequeño recreo por las calles de Auckland me resultó un bálsamo reparador en una Ciudad que merece la pena descubrir.

         3. Rotorua

             Llegué a la terminal de buses de la Sky City con tiempo suficiente incluso para tomarme un café directo de la máquina expendedora ubicada sobre la plataforma. Tenía por delante todavía casi tres horas para recorrer los 230 kilómetros de separación hasta Rotorua. Llegaría tarde, cerca de las 23 horas por lo que iría directamente al hostel que había reservado por la plataforma de Booking.  Escuché música pero dormí casi todo el recorrido  y agradecí que la terminal de bus en Rotorua, fuera cercana al hostel. Caminé unas cuadras, me instalé y dormí profundamente.

          Desperté temprano al día siguiente y mientras desayunaba busqué la dirección que tenía anotada usando Google Maps. No era lejos, a tan sólo quince minutos caminando. Tenía un nudo en el estómago,  sentía algo así como ir a rendir un examen, ¡o peor!  Pero tomé valor y partí.  La temperatura era templada, ya que comenzaba el otoño e invitaba ese sábado a caminar por esas calles tranquilas y soleadas.

           Luego de algunos minutos de serena caminata, saqué el papel que guardaba celosamente en mi bolsillo derecho y de nuevo leí : “Amaru .  103 Hinemoa St, Rotorua 3010, New Zealand”.  La pequeña casa apareció ante mi vista y respirando hondo toqué timbre. Casi de inmediato salió una señora mayor y sin permitir siquiera que  pronunciara palabra alguna, sólo dije tímidamente:

– ¿Amaru? ¿Se encuentra? 

La anciana tardó varios segundos en reaccionar y cambiar su cara de desconcierto. Así supe que él, mi  padre, se había mudado de allí  hace varios años a Wellington, capital de Nueva Zelanda y que en esa casa había vivido con su madre llamada Mahata, su esposa Anahera y sus pequeñas hijas Mere  y Kiri Pauari . No tardé en darme cuenta que el nombre de su hija mayor era un claro homenaje a mi madre, lo que atenuó  de alguna manera la desilusión del desencuentro pese a la incertidumbre de dónde seguir buscando ya que la anciana que ahora vivía allí, hace tiempo no sabía más de ellos. ¡Pero también sabía ahora que tenía dos hermanas! Y ello me hizo sentir reconfortado.

          Volví al hostel caminando lentamente, como si me pesaran las piernas. Se me cruzaban varias ideas, pero no lograba pensar con claridad. ¿Tendrían redes sociales? ¿Figurarían en alguna guía telefónica?  Llegué al hostel, me tiré en la cama y dormí todo el día. Comí un sándwich a la noche y volví a dormirme. Al día siguiente me levanté más lúcido, si ya había llegado hasta allí debía continuar. Además sabía que eso, el desencuentro, podría ocurrir  por lo que debía proseguir con la búsqueda. Decidí entonces, tomarme el día y aprovechando la estadía, conocer un poco mis raíces. Al fin de cuentas, mi sangre maorí era oriunda de allí, de Rotorua. 

En la base de datos de la biblioteca de la ciudad pude averiguar que los ancestros de mi padre eran originarios de la tribu Ngāti Whakaue, una sub-tribu de la llamada Te Arawa waka cuyos integrantes originales salieron de su tierra natal, Hawaiiki, en el Pacífico,  hacia Nueva  Zelanda alrededor del año  1350 D.C, forjando así la historia del país y de la ciudad. Rotorua se encuentra exactamente sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, de modo que la actividad volcánica es parte del pasado y el presente de la ciudad. Los géiseres, las piscinas de lodo hirviendo, las estadías en maraes (sede principal de reuniones)  y  los banquetes hangi (reuniones tradicionales), son parte de las características y costumbres de este característico lugar.

                 Muy cerca de allí se levanta Ohine mutu, pueblo maorí que fue el centro principal de la región de Rotorua a principios de la década de 1870. Se puede visitar y  caminar por esta aldea viviente, y así conocer las famosas  instalaciones para cocinar en los respiraderos de agua hirviendo y las casetas de baño al aire libre. También allí se encuentra la gran sede de reuniones aunque no está abierta al público. Se denomina Tama-te-Kapua, nombrada en honor al jefe supremo y capitán de la canoa Te Arawa. También, hacia la orilla del lago se encuentra la histórica iglesia St Faith’s, cuya construcción finalizó en el año 1914. Aunque su exterior es de estilo Tudor, su interior, magníficamente decorado,  tiene una fuerte influencia maorí, con hermosos tallados y paneles tejidos. Sobresale  una ventana grabada con la imagen de Jesús usando un manto maorí, que parece cruzar la superficie del lago.

St Faiths Church, Ohinemutu, Rotorua

                Fue así como me entregué los siguientes tres días a la cultura maorí y sus espectaculares lugares. El espíritu de Manaakitanga (hospitalidad) está vivo en el mundo geotérmico maravilloso de Rotorua. Lugares como Te Puia, Mitai Village y Tamaki Village ofrecen experiencias culturales que combinan representaciones espectaculares como canto, baile y haka (danza de guerra) con comida maorí exquisita. Comprendí que mis rasgos físicos eran un puente hacia ellos, que ante tanta hospitalidad me hicieron sentir rápidamente identificado.

                Luego de toda esta experiencia, el deseo de continuar con la búsqueda de mi padre y su familia se hizo más fuerte. Tenía el pasaje de regreso abierto por lo que no tenía un tiempo de estadía  determinado más allá de los seis meses permitidos legalmente por ser británico. ¿Qué apuro tendría ahora?  Claramente ninguno. Es por ello que decidí ir hasta la terminal de buses a sacar un pasaje a Wellington, ya que prefería continuar la búsqueda directamente desde allí, donde la anciana me había asegurado que se habían mudado.

  A partir de ese momento todo fue muy confuso. Mis recuerdos continúan cuando desperté en la sala del hospital. Todo estaba prolijamente acomodado en una habitación totalmente blanca inmaculada. En mi brazo derecho, una cánula conectada a un suero intravenoso me hizo comprender dónde estaba,  pero no qué había ocurrido.  Por la ventana, la oscuridad de la noche me indicaba que había pasado todo el día allí. Una enfermera observó la situación y fue rápidamente en búsqueda de quien pudiera explicarme. A los pocos minutos el médico de guardia estaba a mi lado:

– ¿Qué me ocurrió?, le pregunté.

– Tuviste suerte,  me dijo. Te desmayaste en la calle  pero te trajeron rápidamente, continuó. Los primeros resultados nos indican que sufrís de una anemia muy elevada y necesitas una transfusión de sangre. Y ese es un problema.

– ¿Por qué? Le pregunté tímidamente esperando recibir una respuesta distinta a la que intuía.

– Sabrás que tienes un tipo de sangre muy poco habitual, y la anemia es una consecuencia bastante frecuente en quienes portan la tipología del RH nulo como en tu caso. ¿Estabas enterado no? 

– Sí doctor, le respondí. Le dicen “sangre dorada”, le contesté con temor.

– Exacto, continuó el galeno. Y por eso necesitas una transfusión sin falta, afirmó. El problema no sería ello, el problema es que no tenemos tu tipología en nuestro banco de sangre, pero estamos poniendo todo nuestro máximo esfuerzo para conseguirla.

Sabía que ello era prácticamente imposible.  En Londres siempre me habían afirmado que no más de cincuenta personas en el mundo tenían “sangre dorada”. No quería llamar, no quería asustar a mi madre y abuelos, pero estar solo y tan lejos de ellos me producía una gran angustia. Me sirvieron luego la cena y traté de distraerme mirando una película pero no lograba concentrarme. El rostro de mi madre y mis vivencias de los últimos días en Nueva Zelanda provocaban una tormenta en mis pensamientos. Finalmente me dormí.

Al día siguiente todo cambió. Junto al desayuno llegaron buenas noticias: si bien en el banco de sangre no tenían mi extraña tipología, sí habían encontrado en la base de datos un ex paciente que la portaba, y la buena fortuna había intervenido ya que no sólo habían logrado contactarlo sino que también estaba en camino.  Mi ansiedad volvió a sus niveles normales, sólo faltaba que lo hiciera también mi hemoglobina.

Luego de dos horas aproximadamente, el médico irrumpió en mi habitación para transmitirme que el donante ya estaba en la sala de transfusiones del hospital y que en minutos me llevarían hasta allí. Así ocurrió, y al poco tiempo un enfermero pasó a buscarme llevándome en silla de ruedas. Sentía algo de temor pero también de tranquilidad porque me habían asegurado que era un procedimiento sencillo.

             Cuando entré a la sala de transfusiones mi donante sanguíneo estaba allí sentado en uno de los sillones de la sala. Ya había finalizado la extracción.  Una unidad de sangre, cuatrocientos cincuenta centímetros cúbicos, casi medio litro,  era la medida necesaria para recuperarme. Los resultados del análisis de la sangre donada tardarían unos veinte minutos, luego la transfusión en sí, unas dos horas aproximadamente.  Tenía tiempo suficiente para darle las gracias.  Lo saludé y me acomodé en el otro sillón a unos dos metros de distancia. Volví a mirarlo. Morocho, de indudable origen maorí, expresiones duras pero que transmitían serenidad, una tranquilidad particular que sólo pocas personas pueden hacerlo. Sin dudas quería agradecerle su noble gesto. Nos volvimos a cruzar  miradas y él me sonrió. “Hola John”, me dijo.   En ese momento, como si fuera el avance de una película en cámara rápida, se proyectó todo en mi cabeza, desde la charla con mi madre, la lectura de su cuaderno, la partida en el aeropuerto de Heathrow, la llegada a Auckland, la búsqueda en Roturua … y entendí claramente todo. Tantos interrogantes había tenido al partir de Londres y ahora comenzaba a hallar las respuestas. Al fin de cuentas, no sólo había encontrado mis raíces maoríes,  mi lugar en el mundo en Nueva Zelanda,  sino también había encontrado a mi padre.

Por Andrés Ricardo Senestrari


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